En la vida nos las pasamos complaciendo a todo el mundo, a todos. Complacemos a nuestros padres, a nuestras parejas (es casi a los que más complacemos), a nuestros jefes, a nuestros clientes, a nuestros amigos, a nuestros pacientes…etc.

A los hijos, cuando se trata de complacerlos se nos despierta algo que no sé muy bien qué es. Es como un pánico “si lo complazco con esto pierdo todo el poder”.

Pero ¿qué poder tengo? ¿Desde qué lugar tengo el poder? ¿Por qué es una relación vertical? ¿Ejerzo ese poder porque soy más grande, porque tengo más fuerza? ¿Qué poder?

Si mi hijo o hija tiene ganas de saltar, no hay ningún peligro, sólo me pide que le ponga el colchón en el piso porque tiene ganas de saltar, reacciono de la siguiente manera: “¡¿Saltar?! ¡No, no! O pienso: “si yo le digo que sí puede saltar, después va a querer tirarse de paracaídas desde arriba del mueble”

¡¿Por qué?! ¿Por qué esos análisis de si le decimos que sí a algo después va a querer algo mayor? No sé de dónde sale, no lo puedo entender.

Les aseguro que, en realidad, es al revés.
Porque le di lo que quería entonces ahora podemos pensar para el otro lado.

Hacemos millones de cosas para ver felices a gente que no nos importa demasiado y con nuestros hijos, que son los que más nos importan, no lo hacemos por temor a perder no sé qué.

Te pasa? Complaces o no complaces a tus hijos?